Marrakech no se observa; te atraviesa. Es un golpe sensorial directo donde el olor a cuero, especias crudas y pan recién horneado choca contra el humo de escape de las motos que rozan tus hombros en los estrechos callejones del zoco.
Esta serie documenta el pulso físico de la medina y su contradicción constante. Por un lado, el ajetreo ensordecedor del comercio, los carros de carga y una vida callejera que no da tregua. Por otro, la dignidad y la pausa casi monástica de su gente: el artesano esperando en la oscuridad, el descanso improvisado en la plaza, la quietud arquitectónica de sus arcos.
He buscado estructurar ese caos a través del claroscuro. En Marrakech, el sol no solo ilumina, cincela. Los haces de luz que se filtran por los listones de madera de los zocos cortan la penumbra creando volúmenes que remiten a la pintura clásica. Por un segundo, antes de ser absorbidos de nuevo por el ruido, los transeúntes se convierten en esculturas de luz y sombra.

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